Desde el sábado no he dejado de pensar en el chorizo que compré en oferta. Catorce pesos, no más, no menos. Barato, baratísimo. Lo compré con la ilusión de llegar a mi casa, acomodar la despensa que estaba comprando y después, prepararme un riquísimo huevo con chorizo –favor de omitir todos los albures que se les ocurra-. Llegué a la caja y, después de pagar la cantidad que me provocó un paro cardiaco momentáneo, fui feliz. Fui un poco más feliz que antes de entrar al super porque había comprado mi chorizo. Probaría el chorizo después de tanto tiempo de no haberlo comido. Cuando salí del super no me importó que no hubiera taxis ¿Para qué quiero un taxi si mi casa queda a cinco cuadras de distancia? ¿Para qué coño lo quiero? Tomé mis seis bolsas llenas de perecederos y emprendí el camino rumbo a casa. En ese pequeño camino, los tendones de mis brazos se desgarraron, por una pequeña fracción de segundo olvidé que las bolsas eran obscenamente pesadas y que mis brazos flaquearían por el peso. No me importó. El chorizo estaba en alguna de esas bolsas y eso aplastaba el hecho de que comenzaran a romperse. Mi triste cebolla, mis dos insípidas papas, el quesito panela, el litro de leche; escaparon de la bolsa. No importa. El chorizo sigue ahí. Mientras caminaba un sujeto a lo lejos me observaba con insistencia y en verdad que comprendí sus miradas tan acosadoras. Yo también habría observado con tanta curiosidad a cualquier sujeto caminante que fuera cargando miles de bolsas pesadas. Pero, algo que jamás imaginé… el chorizo también escapó de la bolsa. Entre alaridos se alcanzó a escuchar un terrible y patético “no” al ver mi pobre chorizo sobre la calle, tan triste y solo el pobre. El sujeto se acercó. Permítame ayudarle –dijo- Por supuesto ¿no tendrá alguna bolsa por ahí que me pueda regalar? –Pregunté- Claro que sí, pero ¿Dónde vives? ¿No quieres que mejor te lleve a tu casa? –Respondió- ¡Oh! ¡Qué gentil es usted! Sin embargo, creo que sería mucha la molestia pues yo vivo cruzando las vías y jamás me permitiría que usted, buen señor, gaste su gasolina de una forma tan grosera. Está bien, buscaré la bolsa que me has pedido. Él se retiró. En su ausencia aproveché para recoger a mi tierno chorizo y guardarlo en mi bolsa, en mi bolsa de mano, en la bolsa femenina que –dicen- toda mujer debe tener. El chorizo ya estaba seguro bajo mi brazo. El señor apareció con su bolsa enorme de Liverpool y me ayudó a acomodar las cosas. Le di las gracias, pero, cuando me estaba marchando me regaló una tarjeta cuyo contenido era su nombre, su profesión, correo y teléfonos. Abogado. Seguí caminando. Me arrepentí de no haber aceptado su oferta de llevarme a casa. Otra bolsa se había roto. No me importó. Yo tengo el poder del chorizo, que se rompa el mundo en este instante; moriré con el amor de mi vida. Nuevamente, acomodé las cosas. El tren se hizo presente. Tampoco importa mucho, el chorizo está conmigo. Hice lo que se hace cuando las vías están en el camino, caminé un poco más, se me salieron otra vez las cosas y al final… logré llegar a casa.
Mientras acomodaba las cosas en el refrigerador, las salchichas se hicieron presentes. Joder. Ya no quiero chorizo. Ahora quiero salchichas. Inmediatamente olvidé el chorizo, el chorizo barato-baratísimo quedó en el pasado. La gula es un sentimiento caprichoso. Comí, hice todo lo que se hace después de comer y me recosté un rato para inventar la cura contra la estupidez. Entre tanta estupidez pensada… apareció nuevamente el chorizo. EL CHORIZO. ¿Dónde quedó mi chorizo? Bajé corriendo las escaleras, abrí el refrigerador, lo busqué, lo rebusqué; con los ojos, con el olfato, con mi sexto sentido, con todo lo que fuera posible para encontrar a mi amado chorizo. No estaba. ¿Dónde está mi amado chorizo? Me preguntaba mientras lo buscaba debajo del refrigerador, detrás de la estufa, debajo de la mesa, en mi bolsa femenina… EN TODAS PARTES. Desapareció. Me abandonó. No le importó mis sentimientos. Maldito chorizo egoísta.
Desde entonces, todos los días salgo buscando a mi adorado chorizo. No sé, tal vez se me cayó y algún gato lo devoró. Probablemente lo tiré sin darme cuenta. Quizá cuando creí que se me cayó y lo recogí fue un absurdo espejismo.
Es muy triste despertar en la madrugada y ver el fantasma del chorizo posado al pie de mi ventana. El fantasma que toda mi vida me perseguirá. El fantasma del chorizo perdido.
annie