Elevador
Tengo que aceptarlo, me atemoriza subir y bajar las escaleras de cualquier puente peatonal. No sé a que se deba este miedo tremebundo, en cuanto me bajo del camión pienso: carajo, aquí está el puente que entrelaza y entrecorta un poco mi camino, sobre la avenida, ahora si se caerá? Pues que se caiga! no me importaría morir por la caída, que me atropelle un auto por que no pueda frenar, lo que sea que pase. Pero no tolero tener que subir las escaleras.
Primer escalón, siento como el puente esboza una sonrisilla pícara con un toque de burla, tratando de aguantar las carcajadas estridentes que quiere expulsar. Ha sentido mi presencia y el disfruta del temblor de mis piernas, goza al sentir como me sostengo con fuerza del pasamanos mientras recito en mi mente: No, por favor no.
La gente sube y baja como si nada, como si estuvieran caminando en un hermoso valle que los conduce a la felicidad, suben corriendo, bajan a prisa, suben cargando cosas pesadas, bajan saltando dos escalones y yo, subo a toda prisa con gran lentitud para no caer, tropezar o lo que sea que me fuese a pasar ahí.
Ahora, me siento mucho mejor, ya estoy sobre lo que es el puente en sí. El camino estrecho que bien se puede confundir con un tunel lleno de hoyos que poco a poco se han ido tapando por los anuncios de unas cuantas cosas, me siento cinco metros más alta que los demás, veo los coches que pasan bajo el puente a una velocidad verdaderamente obscena, digna de derribar a una estampida de elefantes rosas que están en la siguiente parada. Pero mi corazón no deja de latir ante la excitación que me provoca el siguiente gran encuentro. Me agarro del pasamanos y nuevamente mis manos comienzan a temblar, mis pies no los siento seguros y el aire se lleva las carcajadas del puente.
Uno, dos, tres, cuatro escalones. Me voy a resbalar Cinco, seis, siete, ocho. Me voy a desintegrar con la caída. Nueve, diez, once, doce. Una pareja de enamorados. Trece, catorce, quince... No se como se escribe el número 16. Es más fácil poner el nombre, que escribir su nombre completo, con apellidos, apodos y significado literario. Me perturban esas escaleras, pero más me perturba que siempre las cuento. No se con que afán lo hago, números, números y más números. En la escuela, en el reloj, en el horno de micro ondas, en el clima, en las paginas de los libros, en las cuentas que pagar, en el tiempo, en el metro, en la biblia, en los carros, en las placas, en las credenciales, en las canciones, en las escaleras.
Ya no hay ningún otro puente por el que tenga que caminar, mi camino se torna plano y lleno de floclore. Muchachos que van tarde a sus clases, tenis rojos, zapatos limpios, blusas primaverales, árboles grandes, secos y viejos, carros, camiones, chicas que coquetean con el chico que va pasando, sonrisas extraviadas, ojos hinchados, pensamientos llenos de cacofonías, personas sonrientes, el señor que vende dulces que una vez me prestó dinero para el camión y que ya no me habla por que ahora su esposa lo acompaña todas las tardes; intercambiamos miradas llenas de complicidad, rápidamente repasamos en nuestra memoria los tiempos en los que salía de clases y le compraba un cigarrillo mientras intercambiabamos secretos de estado, representando a la perfección el papel de dos extraños que hablan de cosas conocidas. Su cabello que refleja unos cincuenta años de edad o más, su pasado lleno de eventos afortunados y desdichados. Me sentaba en la piedra enorme que está junto a su puesto, platicabamos y platicabamos, pasaban los segundos, minutos, incluso horas en las que entre miradas decíamos más de lo que hablabamos.
Pero ahora, ya ni siquiera le puedo contar que me persiguen las carcajadas del puente, que el se ríe por que sabe que al día siguiente regresaré y será lo mismo, como si nunca nos hubiéramos visto, como si fuera la primera vez en el que yo desfilo entre sus escalones con nerviosismo y pies de plomo, tratando de disimular mi risa nerviosa para que no se de cuenta de la locura que me provoca sus horrendos y bellos escalones.
Primer escalón, siento como el puente esboza una sonrisilla pícara con un toque de burla, tratando de aguantar las carcajadas estridentes que quiere expulsar. Ha sentido mi presencia y el disfruta del temblor de mis piernas, goza al sentir como me sostengo con fuerza del pasamanos mientras recito en mi mente: No, por favor no.
La gente sube y baja como si nada, como si estuvieran caminando en un hermoso valle que los conduce a la felicidad, suben corriendo, bajan a prisa, suben cargando cosas pesadas, bajan saltando dos escalones y yo, subo a toda prisa con gran lentitud para no caer, tropezar o lo que sea que me fuese a pasar ahí.
Ahora, me siento mucho mejor, ya estoy sobre lo que es el puente en sí. El camino estrecho que bien se puede confundir con un tunel lleno de hoyos que poco a poco se han ido tapando por los anuncios de unas cuantas cosas, me siento cinco metros más alta que los demás, veo los coches que pasan bajo el puente a una velocidad verdaderamente obscena, digna de derribar a una estampida de elefantes rosas que están en la siguiente parada. Pero mi corazón no deja de latir ante la excitación que me provoca el siguiente gran encuentro. Me agarro del pasamanos y nuevamente mis manos comienzan a temblar, mis pies no los siento seguros y el aire se lleva las carcajadas del puente.
Uno, dos, tres, cuatro escalones. Me voy a resbalar Cinco, seis, siete, ocho. Me voy a desintegrar con la caída. Nueve, diez, once, doce. Una pareja de enamorados. Trece, catorce, quince... No se como se escribe el número 16. Es más fácil poner el nombre, que escribir su nombre completo, con apellidos, apodos y significado literario. Me perturban esas escaleras, pero más me perturba que siempre las cuento. No se con que afán lo hago, números, números y más números. En la escuela, en el reloj, en el horno de micro ondas, en el clima, en las paginas de los libros, en las cuentas que pagar, en el tiempo, en el metro, en la biblia, en los carros, en las placas, en las credenciales, en las canciones, en las escaleras.
Ya no hay ningún otro puente por el que tenga que caminar, mi camino se torna plano y lleno de floclore. Muchachos que van tarde a sus clases, tenis rojos, zapatos limpios, blusas primaverales, árboles grandes, secos y viejos, carros, camiones, chicas que coquetean con el chico que va pasando, sonrisas extraviadas, ojos hinchados, pensamientos llenos de cacofonías, personas sonrientes, el señor que vende dulces que una vez me prestó dinero para el camión y que ya no me habla por que ahora su esposa lo acompaña todas las tardes; intercambiamos miradas llenas de complicidad, rápidamente repasamos en nuestra memoria los tiempos en los que salía de clases y le compraba un cigarrillo mientras intercambiabamos secretos de estado, representando a la perfección el papel de dos extraños que hablan de cosas conocidas. Su cabello que refleja unos cincuenta años de edad o más, su pasado lleno de eventos afortunados y desdichados. Me sentaba en la piedra enorme que está junto a su puesto, platicabamos y platicabamos, pasaban los segundos, minutos, incluso horas en las que entre miradas decíamos más de lo que hablabamos.
Pero ahora, ya ni siquiera le puedo contar que me persiguen las carcajadas del puente, que el se ríe por que sabe que al día siguiente regresaré y será lo mismo, como si nunca nos hubiéramos visto, como si fuera la primera vez en el que yo desfilo entre sus escalones con nerviosismo y pies de plomo, tratando de disimular mi risa nerviosa para que no se de cuenta de la locura que me provoca sus horrendos y bellos escalones.
annie
11 claustrofobicos:
Me da más miedo mirar hacia el vacío, ésa es una sensación culera en mi mundo.
Saludos bonita =)
Yo sí odio los puentes peatonales, aparte los de acá se mueven bien feo, porque no son de concreto son de fierro, armazón o cómo sea que se les diga. De verdad son horribles.
Coquetea, para que alguien te suba cargando... pícara.
Viendo miles de suelas todos los días de una marabunta de gente. Si los puentes hablaran las cosas que no dirían, por ejemplo: “todos los días pasa por aquí una niña blanca y delgada, cabello obscuro y andar encorvado, creo que se llama Ana por que tiene tatuada esa palabra en las desgastadas suelas de sus zapatos pasados de moda, pero en realidad no sé qué coño quiere decir eso de “Ana”. Ah por cierto, también es bien marica pues puedo oler el miedo y el vértigo que le recorre las venas cada vez que pisa mis escaleras. Que se vaya a la mierda y use la vía rápida”, sería muy lindo ¿no?. Saludos.
“Buenas Noches, Buena Suerte”
que bueno que usas los puentes, me caga la gente que no los usa...
a mi me cagan los puentes tambien, pero si los uso... ya que me caga ir esquivando gente cuando voy manejando, no entiendo como les da hueva subirlos, pero bueno... si prefieren morir atropellados, muy su pedo
ademas, usandolos ponemos el ejemplo
el colmo fue cuando vi a un perro usando el puente peatonal, hasta los perros son mas inteligentes que mucha gente huevona... ja
genial esa complicidad entre extraños, hablar de todo y nada...
A mi si me gustan los puentes y las escaleras me acercan al cielo el sol la luna las estrellas... El viento sobre un puente se siente simplemente " diferente" un nivel sobre todo lo que circula bajo mis pies
Pues cruza la calle corriendo. Como ingeniera deberias saber que esta cabrón que se caiga.
Saludos.
Eres ingeniera? interesante!
Estuvo simpático tu escrito! en la universidad donde yo estudiaba también había puente peatonal. Buenos recuerdos.
16 se escribe dieciséis ;)
Saludos!
Se la pelas a Borchácalas y ya.
Marica.
Tal vez esto te sirva:
http://www.literatura.org/Cortazar/Instrucciones.html
o tal vez no :) pero igual es bonito.
me gusta como escribes.
tu paseo cuando vas a la facu? bajas del camion y caminas por biologia, quimica, civil para llegar? ese puente se rie de todos
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