Cuando despierto, pienso en ti. Pienso en que estarás haciendo, si estarás fumando o si irás caminando por la calle pensando en las teorías de Hegel. Me levanto de la cama y lo primero que hago es acariciarte con mis suspiros entre cortados. Voy a la cocina y mientras preparo el desayuno tarareo con mis dedos una canción romántica que tus oídos alcanzan a escuchar. Estás y no estás. Me siento frente a ti para contarte mentalmente lo que haré durante el día. No dices nada. Luces apacible y tímido. Estás aburrido, lo sé. Ambos sabemos que estando frente a frente no hay mucho que decir, es por eso que nos comunicamos a través de la respiración; a veces no es necesario decir lo que ambos sabemos, sentimos y vivimos. Tomo una servilleta y comienzo a dibujar con palabras el amor que siento por ti. Sé que luzco como una quinceañera. Sonríes. Entiende: el amor se me sube a los oídos y me limito a sentirte con los ojos cerrados. Pensándote, sintiéndote junto a mí y dentro de mí, enamorándome cada vez más de todo tu ser; así es como transcurren mis días. Cuando el sol comienza a ocultarse me doy cuenta de que no tengo nada que agradecerle a la luna, es el palpitar de mi corazón el que me advierte que está próxima tu llegada. Enciendo un cigarrillo y me siento en el sillón del rincón. Te espero. Alguien toca a la puerta, eres tú. Corro a abrirte. ¿Cómo te fue? ¿Quieres algo de cenar? No dices nada. Pasas de largo y te acuestas. “Ven” me dices con la mirada. Te hago caso. Me acuesto junto a ti, me acurruco en tu pecho y dormimos.
annie
Eso
Era tan pero tan religiosa que cuando leyó el apocalipsis y llegó a la parte que habla de la marca de la bestia, sufrió un ataque de pánico. Desde entonces su vida no fue igual, en todos lados buscaba "la marca". Despertaba y rápidamente corría al espejo para ver si por las noches no había entrado un demonio a su cuarto para ponerle "la marca" en la frente. Lo peor era cuando veía los códigos de barras de todos los productos que compraba, siempre contaba las rayitas negras más gruesas, cuando se daba cuenta de que eran menos o más de seis respiraba tranquila. Un día mientras se bañaba se acordó de que no había visto el código de barras del shampoo ¿Cómo era posible eso? ¡Tal vez la marca de la bestia está ahí y ella no se había dado cuenta! El agua caía sobre su cabeza mientras contaba las rayitas gruesas que tenía el código de barras del shampoo: eran exactamente seis. Se asustó tanto que gritó hasta desgarrarse el alma, sus alaridos se escucharon hasta el infierno, sus timpanos reventaron y su corazón se detuvo. Cuando su esposo llegó al baño para ver que era lo que pasaba, la encontró muerta, tirada en el piso. Un pequeño charco de sangre rodeaba su cabeza, el shampoo estaba entre sus manos. Sonrío cuando recordó lo que siempre le dijo a su esposa: No dejes abierta la llave del agua durante todo el baño.
annie
