Lo que me gusta de mi nuevo trabajo es que se ven los cerros (la sierra para ser más precisos), el amanecer se ve más puro y hermoso, el aire se siente fresco, camino junto a la carretera, las maquinas que tienen en la empresa son capaces de destrozar el brazo de cualquier sujeto y viajo mucho en camión (cosa que me gusta hacer). Lo demás me es indiferente.
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Mi roomie me preguntó que cómo me estaba yendo en el trabajo, le dije que bien. Después hizo las preguntas protocolarias: ¿Qué es lo que hace la empresa? ¿Qué es lo que haces tú?. Le contesté y después dijo algo más o menos así: Ya te estás encaminando en lo que será tu futuro.
Eso me entristeció.
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Hay nuevas roomies en la casa. En realidad no tengo ninguna queja, ya las he tratado bien y son buenas personas (considero que "buena persona" y "buena onda" son cosas muy distintas), aún así me incómoda el saber que un extraño vive junto a mi. Sin embargo, hoy me dijeron "wey" y no me gustó que se dirigieran a mí de esa manera.
Creo que me acostumbraré.
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Compré el libro Siddhartha de Herman Hesse. A veces tiendo a hacer cosas sólo por impulso. El impulso de comprar dicho libro lo tenía desde ayer pero, apenas ahora lo compre, por lo tanto no fue un impulso y dejaré de usar la palabra "impulso" para este párrafo. Ayer que iba en el camión me acordé del libro y me dije: lo quiero.
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Últimamente me persiguen los fantasmas de los libros que he dejado inconclusos, sólo son tres. No sé cuál sea la razón por la que los haya dejado a la mitad, aunque lo más probable es por que no me entretuvieron, me aburrieron y/o cualquier otro sinónimo. A pesar de eso, pienso terminarlos para dejar de pensar, soñar y suspirar por ellos.
Hablando un poco más sobre los libros, me he dado cuenta de que no tengo libro favorito. Puedo decir qué libros me gustaron mucho pero no puedo hacer el: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis de mi corazón.
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Cuando vengo caminando de la escuela tengo que pasar por un mini-túnel que está debajo de las vías del tren. Ahora que estaba cruzando el mini-túnel vi un perrito que estaba sentado ahí y tenía la cara más triste que cualquier perro pueda tener, luego escuché que alguien dijo: ¿Quién anda ahí? No respondí, pero al levantar la cabeza vi a un hombre sentado en las vías del tren, su ropa estaba rasgada y el olor que se desprendía de su cuerpo no era más que olor a fierro viejo, olor a tren y tenía la cara más triste que cualquier hombre pueda tener. Considero que los que caminamos junto a las vías del tren debemos estar preparados para ver las caras más tristes del mundo.
annie