Mi disco del año.



Bájelo, escúchelo, desnúdese, baile y cuando termine el disco... salga desnudo a la calle. Si gusta, puede hacerlo corriendo pero de preferencia, agite las manos en el aire mientras lo hace. El límite de tiempo para dejar expuesto su cuerpo ante el mundo, es nulo; puede regresar a casa cuando considere que sea necesario. Una vez que esté en casa con sus genitales al aire, mírese en el espejo y corra a darle un baño a su alma. Cuando esté debajo del chorro de agua, llore.

annie

23

No te llamo mío. Comprendo con claridad que jamás lo fuiste, y por eso me siento castigada duramente, por haberme asido a esa idea como a mi única alegría. Pero te llamo mío, mi seductor, mi embaucador, mi enemigo, motivo de mi desventura, sepulcro de mi dicha, abismo de mi desdicha.
Te llamo mío y me digo tuya: y estas palabras, que antes acariciaban tus sentidos arrodillados delante de mí en adoración, han de sonar como una maldición sobre ti, una maldición para toda la eternidad.
Pero no debes alegrarte por todo esto, no imagines que, persiguiéndote en vano o tal vez armando mi mano con un puñal, deseo provocar tu burla. Vayas donde vayas, seguiré siendo tuya, siempre y a pesar de todo; aunque te marches a los confines del mundo, seré tuya; aunque ames a otras mujeres, seré tuya, tuya hasta la muerte. El mismo lenguaje que empleo contra ti demuestra que lo soy. Te atreviste a una gran villanía seduciéndome a mí, pobre criatura, para quien tú lo eras todo, y yo no deseaba ningún otro gozo más que ser tu esclava.
Sí, soy tuya, tuya, tuya, soy tu maldición.

-¿Qué te parece? Es del libro "Diario de un seductor" de Kierkeegard...
-Es lindo.
-¡Oh! ¡Vamos a hacer algo! Dime el número de una página y yo te leeré lo que dice en ella. Anda, intentemos hacerlo como lo hacen algunos fanáticos de la biblia.
-Tengo sueño.
-¡Sólo dime un número!
-Ehm... Veintitrés...
-¿Qué? ¿Veintitrés? ¡Es la página que te acabo de leer!

annie

Me dijo que por fin tenía el placer de sentarse junto a mí, que durante la última semana me había observado con detenimiento desde que me subía al camión hasta que bajaba. Noté que a usted se le ponen las mejillas muy rosadas cuando hace frío, ese rosa en la piel es algo especial, durante todos mis años de vida he aprendido a notar la diferencia que existe entre unos cachetes pintados desmesuradamente de unos sonrosados de manera natural por el gélido aire. Tal vez usted se maquilla un poco por las mañanas pero ese rosa en sus mejillas es algo natural -dijo-. No es que la quiera asustar pero, usted me parece una persona interesante y también un poco fría, más o menos como estuvo el clima de la semana pasada jeje. Usted llega, se sienta siempre junto a la ventana, mira un poco a través de ella, suspira una o dos veces y al final, busca algo dentro de su bolso, y, resulta ser que ese "algo" es un libro. Los muchachos de hoy casi ni leen. Ahora, que por fin logro sentarme junto a la chica interesante noto que ha encontrado una nueva actividad: tejer. Tampoco es común ver a alguien de su edad tejiendo y mucho menos en un camión, tan temprano. ¿Qué no sabe hacer usted? -preguntó- Olvidé cómo remendar un corazón roto, no sé manejar, se me dificulta hacer diagramas de cuerpo libre, tampoco sé pintar, y en ocasiones, no sé hablar con la gente; más o menos en ese orden.

annie

Hace tiempo encontré una carta, la leí toda.
La carta era de una mujer dirigida a un hombre. En ella, le decía que lo amaba y que lo extrañaba, que ya quería regresar con él. Casi al final escribió: Ana Laura ya sabe hacer bolitas y palitos, su hermana le está enseñando a escribir. Sobra decir que la carta finalizaba con un "te amo".
En las últimas lineas que sobraban de la hoja, Ana Laura garabateó lo siguiente: Te amo mucho papá.

annie

Gustavo tiene cara de pervertido, habla como carcelero, te mira con desprecio y su andar es arrogante. Además, parece un suricato, sobre todo cuando está supervisando que las cosas se hagan bien, bien y a la primera, así como se maneja en los libros. Sin embargo, él se arranca los pelos con todas sus fuerzas cada mañana cuando entra al trabajo. Las chicas de la cartonera se derriten cada que lo ven, es normal. Tiene el noséquéquequéseyo. Es atractivo, dicen. Gustavo se aprende los nombres de las personas, los nombres con sus correspondientes caras. Él jamás se dirige a las personas por el apodo pintoresco que alguien más le haya puesto. Dicen que Erika es su amante pero, no es cierto, él ama a su esposa y cada que puede le compra zapatos a su hijo de seis años. También es el director del coro de la iglesia que está ubicada en el centro de la ciudad y si le caes bien, te regala una pluma de Winnie Pooh.

annie

Desde el sábado no he dejado de pensar en el chorizo que compré en oferta. Catorce pesos, no más, no menos. Barato, baratísimo. Lo compré con la ilusión de llegar a mi casa, acomodar la despensa que estaba comprando y después, prepararme un riquísimo huevo con chorizo –favor de omitir todos los albures que se les ocurra-. Llegué a la caja y, después de pagar la cantidad que me provocó un paro cardiaco momentáneo, fui feliz. Fui un poco más feliz que antes de entrar al super porque había comprado mi chorizo. Probaría el chorizo después de tanto tiempo de no haberlo comido. Cuando salí del super no me importó que no hubiera taxis ¿Para qué quiero un taxi si mi casa queda a cinco cuadras de distancia? ¿Para qué coño lo quiero? Tomé mis seis bolsas llenas de perecederos y emprendí el camino rumbo a casa. En ese pequeño camino, los tendones de mis brazos se desgarraron, por una pequeña fracción de segundo olvidé que las bolsas eran obscenamente pesadas y que mis brazos flaquearían por el peso. No me importó. El chorizo estaba en alguna de esas bolsas y eso aplastaba el hecho de que comenzaran a romperse. Mi triste cebolla, mis dos insípidas papas, el quesito panela, el litro de leche; escaparon de la bolsa. No importa. El chorizo sigue ahí. Mientras caminaba un sujeto a lo lejos me observaba con insistencia y en verdad que comprendí sus miradas tan acosadoras. Yo también habría observado con tanta curiosidad a cualquier sujeto caminante que fuera cargando miles de bolsas pesadas. Pero, algo que jamás imaginé… el chorizo también escapó de la bolsa. Entre alaridos se alcanzó a escuchar un terrible y patético “no” al ver mi pobre chorizo sobre la calle, tan triste y solo el pobre. El sujeto se acercó. Permítame ayudarle –dijo- Por supuesto ¿no tendrá alguna bolsa por ahí que me pueda regalar? –Pregunté- Claro que sí, pero ¿Dónde vives? ¿No quieres que mejor te lleve a tu casa? –Respondió- ¡Oh! ¡Qué gentil es usted! Sin embargo, creo que sería mucha la molestia pues yo vivo cruzando las vías y jamás me permitiría que usted, buen señor, gaste su gasolina de una forma tan grosera. Está bien, buscaré la bolsa que me has pedido. Él se retiró. En su ausencia aproveché para recoger a mi tierno chorizo y guardarlo en mi bolsa, en mi bolsa de mano, en la bolsa femenina que –dicen- toda mujer debe tener. El chorizo ya estaba seguro bajo mi brazo. El señor apareció con su bolsa enorme de Liverpool y me ayudó a acomodar las cosas. Le di las gracias, pero, cuando me estaba marchando me regaló una tarjeta cuyo contenido era su nombre, su profesión, correo y teléfonos. Abogado. Seguí caminando. Me arrepentí de no haber aceptado su oferta de llevarme a casa. Otra bolsa se había roto. No me importó. Yo tengo el poder del chorizo, que se rompa el mundo en este instante; moriré con el amor de mi vida. Nuevamente, acomodé las cosas. El tren se hizo presente. Tampoco importa mucho, el chorizo está conmigo. Hice lo que se hace cuando las vías están en el camino, caminé un poco más, se me salieron otra vez las cosas y al final… logré llegar a casa.

Mientras acomodaba las cosas en el refrigerador, las salchichas se hicieron presentes. Joder. Ya no quiero chorizo. Ahora quiero salchichas. Inmediatamente olvidé el chorizo, el chorizo barato-baratísimo quedó en el pasado. La gula es un sentimiento caprichoso. Comí, hice todo lo que se hace después de comer y me recosté un rato para inventar la cura contra la estupidez. Entre tanta estupidez pensada… apareció nuevamente el chorizo. EL CHORIZO. ¿Dónde quedó mi chorizo? Bajé corriendo las escaleras, abrí el refrigerador, lo busqué, lo rebusqué; con los ojos, con el olfato, con mi sexto sentido, con todo lo que fuera posible para encontrar a mi amado chorizo. No estaba. ¿Dónde está mi amado chorizo? Me preguntaba mientras lo buscaba debajo del refrigerador, detrás de la estufa, debajo de la mesa, en mi bolsa femenina… EN TODAS PARTES. Desapareció. Me abandonó. No le importó mis sentimientos. Maldito chorizo egoísta.

Desde entonces, todos los días salgo buscando a mi adorado chorizo. No sé, tal vez se me cayó y algún gato lo devoró. Probablemente lo tiré sin darme cuenta. Quizá cuando creí que se me cayó y lo recogí fue un absurdo espejismo.

Es muy triste despertar en la madrugada y ver el fantasma del chorizo posado al pie de mi ventana. El fantasma que toda mi vida me perseguirá. El fantasma del chorizo perdido.

annie