Testimonio
Yo no entiendo nada del amor. ¿Quién sí las entiende? Siempre he pensado que el amor no es un sentimiento como tal, no es como la tristeza, ni como el enojo, ni como la frustración. Todos son simples y fáciles de interpretar (en su mayoría). Pero, ¿el amor? El amor no, para mí el amor es el nombre de una mezcla de emociones y sentimientos y de personas. Nadie ama igual, supongo que todo mundo lo sabe. Yo lo supe desde que tenía ocho años. Estaba en la primaria y escribía cartas de amor sin recibir nada a cambio. Lo juro. ¿Que por qué yo? Lo mismo me pregunto. Tal vez se deba a que les llegó el rumor de los diarios repletos de poemas que tenía en aquél entonces. Un día Cinthia se me acercó y me dijo: Quiero escribirle una carta a Victor, ayúdame, no sé cómo hacerlo. Acto seguido, yo le pedía que me contara todo lo que sentía por él. Y ella hablaba y hablaba y hablaba sin cesar, Victor por aquí, Victor por allá y amo a Victor y me gusta Victor y quiero estar toda la vida con Victor y me gustaría tener hijos con Victor. Estoy segura de que a Victor le zumbó hasta el culo aquél día en el que Cinthia habló tanto de él. Después, Mónica me dijo que le gustaba Raúl. Raúl, el niño sin chiste. El niño que carecía de gracia y no sabía leer bien. El niño que no podía pronunciar la r. A Mónica le gustaba. Por favor, hazme una carta para él. Y el ritual era el mismo, le pedía que me contara todo lo que sentía por él, las emociones que le despertaba, cuantas veces al día pensaba en los hijos que tendría con Raúl, cuéntamelo todo Mónica. La carta era terminada quince minutos después de que estas mujercitas cerraban sus precoces bocas. Muchas niñas me suplicaban porque les hiciera cartas de amor. Llegaron niñas de escuelas ajenas, del barrio paupérrimo en el que vivía, de colonias aledañas, incluso, amigas de mis hermanas. Cinthia, Mónica, Carola, Cristina, Norma, Lety, Lucero, Karen, Francisca, Gabriela, Alejandra... etcétera, etcétera y más etcétera. Con ellas conocí la diversidad del amor. No recuerdo haber hecho cartas iguales, acomodé los lugares comunes de manera diferente, todas tenían un rastro de la chica en cuestión. Me acuerdo que uno de aquellos días Fernanda se me acercó y me dijo: Deberías cobrar por hacer cartas de amor. No sé porque nunca seguí ese consejo. En estos tiempos dudo mucho de la calidad que aquellas cartas pudieran tener, estoy segurísima de que si recolectara todas las que llegué a escribir, me carcajearía hasta orinarme, y además, acumularía alrededor de cuarenta y dos cartas (más o menos) escritas con conocimiento del sentimiento, pero, sin sentirlo (no sé si me explique). Adopté la emoción de todas aquellas chicas, me enamoré con ellas de sus hombres, y, durante quince minutos yo fui ellas y estaba enamorada.
Ahora, no puedo hacer una carta de amor. No sé cómo se hace, olvidé la receta mágica. Desgasté las palabras en aquellos niños que jamás me gustaron. Probablemente quedé perdida en la ingenuidad de la niñez.
annie