A veces uno habla de lo que le atormenta el corazón o simplemente, de lo único que se reduce su vida. No porque su vida sea solamente eso, es porque uno así lo permite. Esto se puede ver reflejado en cada una de las conversaciones que entabla con los demás. Siempre hablar de lo mismo. Generalmente esto consiste en quejarse, quejarse y quejarse. No hay más. El corazón está adolorido y el cuerpo, de manera aparente, no lo resiente. Pero basta con ver sus ojeras, sin pasar por alto que se debe poner mucha atención a sus conversaciones. A las conversaciones de la persona o del corazón, no de las ojeras.
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Y que venga un nuevo día. Otro más.
Durante las últimas dos semanas, me lo he encontrado. Ahí parado, con la mirada perdida y su bufanda blanca rodeándole el cuello. Hago como que no lo veo, pero el sí me ha visto y aquí vamos de nuevo. Me escondo tras la espalda de cualquier desconocido esperando a que no se mueva y por consiguiente, que no me vea la bufanda blanca. Me ha visto, me di cuenta desde que me enfilé a la parada del camión. Me ha visto y finjo que yo a él no. Reconozco su cuerpo y no es necesario mirarlo fijamente a los ojos estando a unos veinte metros de distancia, más o menos. Sé que si lo veo a los ojos, él se habrá dado cuenta de que lo he visto y todo, todo, absolutamente todo se habrá ido a la mierda. Entonces estamos ahí, esperando el camión que nos llevará al trabajo, él me ha visto y yo a él, aparentemente, no. Qué bien. Mientras pienso en la espalda del desconocido que me dejará descubierta en cuanto pase su camión, pienso en qué hacer. ¿Me subo a otro camión sin que la bufanda blanca se dé cuenta? ¿Y si se acerca? ¿Y si nuevamente coincidimos en el camión, en el mismo asiento y de nuevo, de nuevo comienza a hacerme preguntas, intenta entablar una conversación, me cuenta de la fijación que su hija de escasos dos años tiene con Dora la exploradora?
Hago un breve paréntesis para recordar la fijación que su hija tiene con Dora la exploradora. Mini bufanda blanca tiene dos años, muy apenas dice unas cuantas palabras y duerme con sus padres porque le da mucho frío en las noches. A ella le encanta Dora la exploradora. Siempre quiere ver a Dora la exploradora. Su sobrecama es de Dora la exploradora. Su ropa tiene dibujada a Dora la exploradora. No importa cuántas películas de Walt Disney le compren sus padres, ella simplemente quiere ver a Dora la exploradora. Que se joda Bambi, el Rey León, Cenicienta, Blanca Nieves, La dama y el vagabundo, que se jodan todos ellos menos Dora la exploradora. Un día, Bufanda Blanca llegó a su casa, y su hija, su mini bufanda blanca, entre balbuceos pudo decirle: Mira lo que mi mami me compró. Era un calzoncito que en la parte trasera tenía a Dora la exploradora. Se levantaba su vestidito una y otra vez para enseñarle a su papi a Dora la exploradora. Que se joda el mundo, señores. Menos Dora la exploradora o mamadora, como usted guste llamarle.
Me extiende su mano y me saluda, que cordial es. Maldita sea. Nos iremos juntos al trabajo. Maldita, maldita sea. Me vio, tuvo el descaro de acercarse, de saludarme, de sentarse junto a mí, de contarme sobre sus viajes a Francia, Inglaterra, Japón, Canadá, Argentina, España, sin hacer menos que también ha visitado Cancún, D.F., Monclova, Mazatlán, Tampico, Cuernavaca, Toluca, Acapulco y otros muchos lugares que ahora no recuerdo y supongo, no importan. Habla de cuan desgraciado se siente trabajando ahora ahí, en un lugar que no le ofrece lo que antes tenía. Sí, ajá, ¡Oh!, ah, no, Hmm; es lo único que puedo decir, simples monosílabos. Me dice que cuando quiera puedo ir a su oficina a tomar todo el café que me dé la gana. Gracias.
Así han sido por lo menos cinco de las últimas dos semanas, intercalados. Los días restantes no ha sido así porque me voy más tarde o porque antes de que me vea, ya estoy en otro camión, en una ruta distinta, en un camión que me deja lejos del trabajo y que implica tomar después un taxi. Me bajo en una plaza, saco un cigarrillo y fumo, se me hace tarde, sigo fumando, hace frío, sigo fumando. Pasa un camión e imagino que ahí va Bufanda Blanca, que me vio y se preguntó qué es lo que hago ahí. Como si importara. No importa. Tomo un taxi. Llego al trabajo. He gastado más dinero. Pero mi viaje fue solitario, como me gusta. Y sin Dora la mamadora.
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-¿Algo más?
-Sí, unos cigarros.
-¿Qué?
-Unos cigarros, Camel o Lucky, lo que esté más cerca de su mano.
-No puedo venderle unos cigarros, se ve muy chica. Enséñeme su credencial de elector.
-Aquí está.
-¡Pero si usted se ve de diecisiete años!
-Y hoy cumplo veintiuno, chéquele bien.
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Así son las cosas, simples. Las decisiones también deberían ser simples, sin embargo, por muy sencillo que sea decidirse por alguna cosa, a veces no es así. Mucho menos cuando esa decisión hará puré tu destino o futuro o vida. Por eso, lo dejé a la moneda. A una simple moneda de cincuenta centavos. Águila tal, sol tal. Dos de tres. Dos de tres: sol. El sol ahora rige mi vida. Lo regirá hasta que me fastidie, hasta que mis trompas de Falopio se decidan y me hagan dar un giro de ciento ochenta grados o hasta que muera. Mientras tanto, el sol rige mi vida. La moneda, siempre poderosa y ostentosa. Ahora, lo que sigue es -como siempre- culpar a alguien más. En este caso, ese alguien es un algo: la moneda. ¿Por qué eres eso? Porqué la moneda me dijo. Me lavo las manos pero siguen mojadas por culpa de la pinche moneda. El único consuelo que me queda es aquél dicho negativo: No se puede tapar el sol con un dedo. ¡Qué decepción! ¡Puedo darme el lujo de decir que yo sí puedo! Lo he practicado. He puesto mi dedo pulgar, el índice, el cordial, el anular y... el sol queda tapado, el sol de la moneda. No me basta con un sólo dedo, me sobran otros tres para respaldar lo anterior. Del meñique ni hablar, es pequeño y se ve un poco el sol. Algún día todas mis maldiciones recaerán sobre mi dedo meñique. Mientras tanto, hay que seguir al sol.
No quería que saliera águila.
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Para mí no hay nada detrás de la ventana. Está enfrente.
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En ocasiones olvidó porqué empecé a fumar. Fumar por todo: porqué algo bueno pasó, para tranquilizar los nervios, para que la plática se vea enigmática rodeada de humo, porque estás leyendo, para pensar mejor, para que el coraje se disipe, para caminar a gusto, para no llorar, para calmar el frío, porqué sí, ¿Por qué no? Para recordar, olvidar y volver a vivir, para nada, porque el alcohol lo amerita, porqué te gusta. Para tener la certeza de que efectivamente, me voy a morir.
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"Esto te gustará, pero perderemos el control".
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-¿No has tomado nada para la gripa?
-No, me da miedo después del correo aquel donde dice que varios medicamentos antigripales pueden hacer que te explote la cabeza.
-Pues escribe en una hoja todos los nombres de esos medicamentos y cuando vayas a la farmacia les dices que quieres cualquier medicamento que no esté en la lista, obviamente que sea antigripal.
-Me mandarán con un brujo o simplemente se reirán de mí. Mejor que me explote la cabeza.
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Te escribí una carta. Puse tu nombre y después dos puntos seguidos. Luego volví a escribir tu nombre tres veces. Tu nombre y una coma, tu nombre y otra coma, tu nombre y punto final. En la parte baja de la hoja puse "Atentamente Annie". No hay más, ese es todo el contenido de la carta. Todo se reduce a tu nombre escrito cuatro veces. Eso es todo lo que quiero decirte.
annie