No me duele la cabeza.
No me duele el corazón.
Lo malo es que no tengo ni siquiera un hijo.
Y lo peor de todo es que mis dedos son tan tiernos y chiquitos que no distingo cuál es el más largo de todos.
Dedo cordial mediocre.

annie

Hoy recordé mis tiempos en la primaria. Principalmente cuando estábamos en clase de "Educación Física" y el maestro nos ponía a jugar "Los calabaceados".

Cuando yo corría, todos los niños saltaban como si la tierra estuviera temblando.
Qué risa.

annie

Citando a Henry Miller.


Anoche lo descubrí: Papini. No me importa que sea un patriotero, un beato o un pedante miope. Como fracasado es maravilloso...

Por escupir al cielo... aprendí a aullar.


annie

Testimonio

Yo no entiendo nada del amor. ¿Quién sí las entiende? Siempre he pensado que el amor no es un sentimiento como tal, no es como la tristeza, ni como el enojo, ni como la frustración. Todos son simples y fáciles de interpretar (en su mayoría). Pero, ¿el amor? El amor no, para mí el amor es el nombre de una mezcla de emociones y sentimientos y de personas. Nadie ama igual, supongo que todo mundo lo sabe. Yo lo supe desde que tenía ocho años. Estaba en la primaria y escribía cartas de amor sin recibir nada a cambio. Lo juro. ¿Que por qué yo? Lo mismo me pregunto. Tal vez se deba a que les llegó el rumor de los diarios repletos de poemas que tenía en aquél entonces. Un día Cinthia se me acercó y me dijo: Quiero escribirle una carta a Victor, ayúdame, no sé cómo hacerlo. Acto seguido, yo le pedía que me contara todo lo que sentía por él. Y ella hablaba y hablaba y hablaba sin cesar, Victor por aquí, Victor por allá y amo a Victor y me gusta Victor y quiero estar toda la vida con Victor y me gustaría tener hijos con Victor. Estoy segura de que a Victor le zumbó hasta el culo aquél día en el que Cinthia habló tanto de él. Después, Mónica me dijo que le gustaba Raúl. Raúl, el niño sin chiste. El niño que carecía de gracia y no sabía leer bien. El niño que no podía pronunciar la r. A Mónica le gustaba. Por favor, hazme una carta para él. Y el ritual era el mismo, le pedía que me contara todo lo que sentía por él, las emociones que le despertaba, cuantas veces al día pensaba en los hijos que tendría con Raúl, cuéntamelo todo Mónica. La carta era terminada quince minutos después de que estas mujercitas cerraban sus precoces bocas. Muchas niñas me suplicaban porque les hiciera cartas de amor. Llegaron niñas de escuelas ajenas, del barrio paupérrimo en el que vivía, de colonias aledañas, incluso, amigas de mis hermanas. Cinthia, Mónica, Carola, Cristina, Norma, Lety, Lucero, Karen, Francisca, Gabriela, Alejandra... etcétera, etcétera y más etcétera. Con ellas conocí la diversidad del amor. No recuerdo haber hecho cartas iguales, acomodé los lugares comunes de manera diferente, todas tenían un rastro de la chica en cuestión. Me acuerdo que uno de aquellos días Fernanda se me acercó y me dijo: Deberías cobrar por hacer cartas de amor. No sé porque nunca seguí ese consejo. En estos tiempos dudo mucho de la calidad que aquellas cartas pudieran tener, estoy segurísima de que si recolectara todas las que llegué a escribir, me carcajearía hasta orinarme, y además, acumularía alrededor de cuarenta y dos cartas (más o menos) escritas con conocimiento del sentimiento, pero, sin sentirlo (no sé si me explique). Adopté la emoción de todas aquellas chicas, me enamoré con ellas de sus hombres, y, durante quince minutos yo fui ellas y estaba enamorada.
Ahora, no puedo hacer una carta de amor. No sé cómo se hace, olvidé la receta mágica. Desgasté las palabras en aquellos niños que jamás me gustaron. Probablemente quedé perdida en la ingenuidad de la niñez.
annie

El jueves le dije a mi jefe que es un inútil. Él me lo pidió. Casi parecía que me lo pedía por favor. Esto fue después de que me dijo que guardara unas grapas. ¿Quieres que guarde unas grapas? ¿Por qué no las guardas tú? -le respondí- Lo más probable es que haya pensado que él es el jefe, y yo, su maldita servidora, pero, no dijo nada. Le expliqué como era guardar las grapas en su caja y él hizo caso omiso. Por favor -me dijo- guárdalas tú. Y así lo hice, lo hice conteniendo toda clase de improperios que iban dedicados solamente a él, a mi queridísimo jefe. Entonces, volteó y balbuceó: Dime que soy un inútil. Su petición me sorprendió, principalmente porque nadie pide algo así, nadie que sepa hacer uso de su cerebro se atreve a pedir esto. ¿En serio quieres que te lo diga? Sí. Señor Omar, es usted un inútil, no, un inútil no, es usted un completo inútil. En cuanto terminé de decírselo comencé a reírme como si Satanás me hubiera poseído, vaya, no es común que tu jefe te pida algo tan encantador. Mi jefe sonrío y me preguntó: ¿Por qué las mujeres disfrutan insultando a los hombres? Y las siguientes palabras salieron automáticamente de mi boca: No, yo no disfruto insultando a los hombres. Yo disfruto decir la verdad a las personas. ¡Se carcajeó!
Además de inútil, es un tonto.
annie

Llegan los viernes y al despertar lo hago con una hermosa sonrisa en la cara. Claro, los viernes me "pagan" en el lugar donde hago mis jodidas practicas y, además, comienzo a disfrutar, entender, comprender, lo que los fines de semana representan para el proletariado común. Proletariado en el que hoy por hoy, soy parte con poco orgullo y pocas ganas y muchos deseos de pertenecer sin estar presente.
A lo largo de estos días me han pasado muchas cosas que jamás habría imaginado que sucederían o que me hubiera gustado que pasaran pero que siempre, se reducen a un simple gusto barato inalcanzable, ilógico, incomprensible y por demás risible, pero aún así, siempre permanecen en el lugar de las ilusiones que jamás sucederán. Todo eso me ha pasado, exceptuando que aún no me hago millonaria.

annie


Hoy es un buen día para citar a mi buen amigo Michel.
No, mejor lo leeré, sonreiré en mis adentros, dormiré plácidamente y mañana al despertar brillará el sol.

annie

Fui a pasar el fin de semana con mi madre y su hermanas y sus sobrinos y su cuñado. No tengo nada relevante que decir acerca de los días hilarantes y absurdos que se vive estando en compañía de estos seres tan peculiares. Salvo que olvidé mi broche favorito para el cabello. Es simple, mi pasador favorito no tiene nada de espectacular, no es nada fuera de lo común, sirve para lo que sirven todos los broches del planeta mundo global redondo en el cual habitamos y en el que hay en demasía chucherías para el cabello. Aún así, me siento triste, ultrajada y torpe ante dicha situación. Eramos el broche y yo. Sujetaba mi cabello y ambos nos comíamos el mundo, incluso, hasta llegábamos a fumarlo. Todo eso ha terminado, se quedó en casa de mi tía, y, lo más probable es que termine en las asquerosas manos de mi prima destinándolo a su asqueroso cabello. Y mientras, yo, estando a cien kilometros de distancia, me torturo por la ausencia de mi broche favorito y ya no me sentiré poderosa y tampoco me comeré al mundo y mucho menos lo fumaré.

annie