Bueno, entonces... ¿Qué pasará si lo dejo en blanco? Probablemente muera mañana y jamás sabremos qué es lo que hubiera pasado al final, pero, ¿y si no muero? ¿Y si mi vida sigue su curso normal? Levantarme por las mañanas, cruzar las vías, ir al pseudo trabajo, pensar un poco más en mi vida, leer un poco más pero mucho menos, comer, dormir... el ciclo normal de la vida. Veamos: me pongo de pie, sonrío, me voy, mentalizo todo lo que tengo que aprender en poco tiempo, me visualizo satisfecha con el resultado final...
Ahora que recuerdo, despidieron a Don Bufanda Blanca, al menos eso es lo que me dijeron. Cuando me dieron la noticia exclamé: ¡Pero si a mí me caía muy bien! ¿Por qué se fue? Y aquél chico volteó a verme y me dijo: nada más a ti te caía bien. Pensándolo bien, no creo que me haya caído bien en el tiempo que lo conocí, incluso, creo que me era indiferente. Sin embargo, la indiferencia no pretexta la repulsión que me causaba encontrármelo cada mañana en la parada del camión. ¿Yo soy la culpable de que lo hayan despedido? ¿Fue tanto mi desprecio hacia él que la ley de la atracción -o la no atracción- hizo que lo corrieran para que yo pudiera ser un poco más medianamente feliz por las mañanas al tomar el camión? ¿Ahora que no me lo encuentro en el camión, soy feliz? Después de todo, creo que su existencia me molestaba sólo por las mañanas, el resto del día no me importaba... no sé cómo definir eso. Egoísta. ¿Pero por qué estoy pensando en esas cosas? ¡NO!
Debo concentrarme en esto, solamente en esto, en lo que me garantiza escalar un peldaño más al triunfo. ¡Ja! Recuerdo cuando todo esto lo veía así: Voy a tener un trabajo bonito con una oficina bonita, mi carro bonito, mi departamento bonito, dinero bonito a manos llenas... ¿Y ahora? Ahora todo eso se ha ido al caño, ¡ya no me interesa! Dejé de verlo como mi máximo en la vida, como la razón de ser de mi existencia. Claro, uno que más quisiera tener todas esas cosas y ser feliz (¿?) a base de cosas materiales que son producto del sudor de tu frente, del madrugar para que dios lo ayude, etcétera. Ahora, me limito a observar con cierta admiración a todas aquéllas personitas que mantienen lo anterior como su ideal de la vida. Ellos lo que quieren (además de ser exitosos profesionalmente) es una familia, realizarse como mujer o como hombre o como seres humanos, piensan que si no fundan una familia su existencia habrá sido en vano, que sus estudios fueron una pérdida de tiempo, que sus padres se desilusionarán por no tener nietos. ¡Qué bonita vida! ¡Qué maravillosa imaginación! ¡Qué bueno que a ellos la vida les funciona así!
En este momento odio con todo mi ser al señor Flores, ¿a mí qué coño me importa si quiere invertir no sé cuántos miles en el banco con quince por ciento de interés anual? ¿Por qué tengo que sacar yo sus malditas cuentas? ¿Por qué juzgan de esta manera mi inteligencia? ¿No les basta con que venga y caliente el banco, que diga presente cada tercer día? El aplicar exámenes es un homicidio colectivo, un atentado contra la sociedad, un desgaste emocional. ¡Un examen no garantiza que a una persona le haya funcionado ir a clases durante cierta cantidad de tiempo! ¿Y si el chico tiene un golpe de suerte en las dos horas que dura el examen? ¿Y si las respuestas le caen del cielo? Un simple error en la conexión de su cerebro y ¡PUM! logra contestar correctamente el examen. ¿Eso es ser inteligente? ¡Pamplinas! Los exámenes no deberían existir. O tal vez, debería ser un poco osada como mis compañeros. Ellos van, sacan copias de los problemas en diminuto y responden el examen. ¿Y yo? Yo no puedo hacer eso. Me da miedo, sufro de pánico escénico, siento que por el simple hecho de ser yo la que tenga las reducciones entre las manos, todo se irá al caño y me descubrirán. Aun así, está la contra parte: sacar el cuaderno. Prefiero mil veces sacar el cuaderno a traer los problemas hechos rollito entre las mangas o dentro de los calcetines. Por lo tanto, estudio. Trato de comprender los temas y de adaptarlos de manera tal que se me haga más sencillo aprenderlos.
¡Esa no es mi inteligencia! ¡Un cien en el examen no me dice que yo sea un ser altamente ingenioso!
Me pongo de pie. Entrego el examen resuelto. Sonrío. Salgo del salón. Pienso como los demás que el que madruga dios lo ayuda, pero, no por mucho madrugar amanece más temprano, sin embargo, dios proveerá. O cualquier otro refrán que se acomode a la ocasión.