Y pasó.
El jueves pasado desperté con el cabello más alborotado de lo normal, ¿para qué perder tiempo bajo la regadera si eso lo puedo solucionar con tres pasadas de plancha para el cabello? Así lo hice.
Mientras planchaba el cabello situado en la parte más baja del cráneo, es decir, justo arriba de la nuca: me quemé. Y la cara de dolor que le mostré al espejo aún la recuerdo, tan deforme, tan adolorida, tan todo y nada.
Cuando salí de casa, recordé que a lo largo del día me daría calor y, como consecuencia, me sujetaría el cabello con la liga que siempre guardo en la bolsa. ¡Qué error tan fatal! Recordé que me quemé, justamente en el cuello, que la quemada parecería el rastro de algún añejo amante, marcada como una vaca, succionada por algún vampiro travieso. La marca de la lujuria. La marca de mi lujuriosa vanidad.
"¿Qué crees que me pasó hoy por la mañana? ¡Me quemé el cuello con la plancha!" Sí como no. Nadie creería tal cosa.
Por la tarde, me hice un chongo. Mientras conversaba en clase, un amigo vio con espanto la marca y me dijo: nadie quiere saber las cochinadas que haces con tus amantes. Y yo enmudecí, traté de explicarle lo sucedido, le conté con lujo de detalles que me había quemado con la plancha, que no pensara mal de mí. Se quedó pensativo, volteó hacia otro lado y entre dientes me dijo: es un chupetón. ¡Claro que no es un chupetón! Pero no me creyó, nadie creyó.
Como si un chupetón se descarapelara. Putos.
annie