La universidad: tres.

Uno de los privilegios que tenía en la facultad era que, al momento de hacer tu horario, podías escoger la hora de entrada, la de salida, cuántas horas libres querías tener, seleccionar de manera sesuda con qué maestros llevarías las materias -y esto porque tus compañeros de semestres más adelante te aterrorizaban con sus experiencias agradables o desagradables-, si querías tener "días libres", en fin, uno hacía con su horario y sus materias lo que le viniera en gana. Gracias internet. Yo solía reflexionar sobre cómo quería que quedara mi horario. Así fue como, desde tercer semestre, supe que son siete semanas de clases antes de los exámenes, y luego otras siete semanas de clases antes de los siguientes exámenes. No importaba si se cruzaban las vacaciones de Semana Santa, o días de asueto, o que a mi abuelita -que en paz descanse, creemos- se le ocurría enfermarse de algo. Siete semanas. Después, pensé en como quería presentar mis exámenes. Si los quería todos seguidos o "un día sí, un día no". Yo hacía mi horario en una hoja cualquiera y después en internet. Luego: la frustración de que no se abrieron las materias que tú querías llevar, o el coraje de que el maestro que te recomendaron no dará la materia, y tu desesperación porque tu horario no quedó igual que como lo habías planeado. Un tragedia. Siempre. Sin embargo, los martes y jueves eran días "especiales". En esos días las materias solían ser de tres horas, por lo tanto llevabas dos o una o las materias que te dieran la gana: tres horas. Qué aburrido. Algunos optaban por tomar alguno de esos días como descanso, es decir, no llevar materias el martes o jueves. No ir a la escuela. Descansar. Yo decidí que los jueves serían días para mí. Como si los demás no lo fueran. Esa fue mi decisión. Metía sólo un laboratorio, que solían durar cincuenta minutos, a primera hora. Entraba a las 7:00am, salía a las 7:50am y tomaba el camión. Compraba café, me sentaba en alguna plaza y veía a la gente pasar. Todos los jueves a las 8:30am yo tomaba café sentada en una banca verde de la plaza del centro de la ciudad.
Así fue como conocí el centro vacío. Sin compradores compulsivos, ni familias numerosas amontonadas. Sólo pasos apresurados y caras preocupadas por su llegada tarde al trabajo. El ruido de las cortinas de aluminio cuando abren un negocio me parecía encantador. Y el aroma de perfumes baratos y caros, sin olvidar el olor a Suavitel impregnado en las telas de la gente que pasaba junto a mí.

annie

2 claustrofobicos:

ilich dijo...

cuando estaba en la escuela, tenía que irme después a trabajar a la agencia, pero podía hacer una ruta para pasar por el centro, claro que lo hacía, una delicia, la gente, los edificios, me gusta el centro de la ciudad.
Cuando tomaba optativas en artes plásticas -también en el centro- eso de llegar a las 8 y ver como despierta esa zona de la ciudad es delicioso, aún lo disfruto cuando pueso, pero no en horas pico, no me gusta, ultrajan al centro y por eso les escupe smog y cosas así.

Oso de Fime dijo...

Nomas a ti se te ocurre meter un lab a M1, en toda mi carrera no he inscrito ninguna materia a esa hora y ya voy a salir, es inhumano levantarse tan temprano. No mames.
Saluditos.