La universidad: cuatro.

Los exámenes, cosa importante. Dice el diccionario que un examen es una prueba que se hace para examinar el aprovechamiento en los estudios. Cuando somos estudiantes, no nos interesa tal definición. Sólo pensamos que es una forma, una de tantas, para martirizarnos y para que no haya duda de que el profesor nos odia y nos quiere reprobar. Yo veía que muchos no le daban importancia a los exámenes. Yo era ñoña. Lo sigo siendo. Un día antes de cualquier examen me la pasaba estudiando endemoniadamente durante toda la tarde; hacía mis formularios y memorizaba conceptos. Me angustiaba pensar en el examen. Luego, la tortura: una vez que tenía el examen frente a mí, olvidaba todo y pensaba que dios me odia y que el mundo conspiraba en mi contra y dudaba de mi capacidad como estudiante. Después llega la resignación. No olvido una materia con la que sufrí durante un año: Estática. Cuando la llevé en curso normal no entendí nada. Presenté el primer examen parcial: hacía garabatos y después comenzaba a colorear mi calculadora con el lápiz. En el segundo parcial pasó algo similar. Siempre tuve la esperanza de que entrarían los chicos de "Cámara escondida" y me dirían que todo era una broma de mal gusto, que en realidad el examen era otro, me lo darían y yo sabría todas las respuestas. ¡Pero de nada valía! Porque yo no entendía nada, no entendía para qué usar los vectores, ni cuando eran senos o cosenos, ¡muy apenas lograba hacer la suma de momentos! Reprobé. Ni siquiera me paré a presentar el extraordinario. El maestro me odiaba, se trataba de que el por error me pusiera de calificación un 70, pero no, los ángeles no siempre se acuerdan de uno. Repetí el curso. Iba todos los sábados. El maestro era una persona distinta y aprendí y aprobé y cuando veía los puentes me preguntaba cuánta era la tensión que las columnas debían tener para poder soportar tantos carros. Cuarto semestre: Dinámica. ¡Vectores! ¡Oh, por dios! ¡Odio los vectores! Recuerdo que para el primer parcial fui con la seguridad de sacar un cero en el examen. Esas son las decisiones, tontas si se quiere creer, a las que uno se enfrenta: hacerse pendejo durante una tarde para tratar de entender, y comprender, cosas que no entendió en dos meses o no estudiar, ir seguro de que sacarás un cero y sentirte muy orgulloso por esa muestra de valor desenfadada. Yo hice lo segundo, era la mejor opción en aquél entonces. El examen era sólo un problema. ¡No lo supe hacer! Y, por razones obvias, no lo contesté. Me dediqué durante cincuenta minutos a escribir frases "célebres" en el banco. Me sigo sintiendo muy orgullosa de la mirada llena de desprecio que el maestro me dedicó cuando me entregó el examen mientras me preguntaba "¿por qué sólo hizo la línea que va de A a B?"
Decisiones, les digo.

annie

La universidad: tres.

Uno de los privilegios que tenía en la facultad era que, al momento de hacer tu horario, podías escoger la hora de entrada, la de salida, cuántas horas libres querías tener, seleccionar de manera sesuda con qué maestros llevarías las materias -y esto porque tus compañeros de semestres más adelante te aterrorizaban con sus experiencias agradables o desagradables-, si querías tener "días libres", en fin, uno hacía con su horario y sus materias lo que le viniera en gana. Gracias internet. Yo solía reflexionar sobre cómo quería que quedara mi horario. Así fue como, desde tercer semestre, supe que son siete semanas de clases antes de los exámenes, y luego otras siete semanas de clases antes de los siguientes exámenes. No importaba si se cruzaban las vacaciones de Semana Santa, o días de asueto, o que a mi abuelita -que en paz descanse, creemos- se le ocurría enfermarse de algo. Siete semanas. Después, pensé en como quería presentar mis exámenes. Si los quería todos seguidos o "un día sí, un día no". Yo hacía mi horario en una hoja cualquiera y después en internet. Luego: la frustración de que no se abrieron las materias que tú querías llevar, o el coraje de que el maestro que te recomendaron no dará la materia, y tu desesperación porque tu horario no quedó igual que como lo habías planeado. Un tragedia. Siempre. Sin embargo, los martes y jueves eran días "especiales". En esos días las materias solían ser de tres horas, por lo tanto llevabas dos o una o las materias que te dieran la gana: tres horas. Qué aburrido. Algunos optaban por tomar alguno de esos días como descanso, es decir, no llevar materias el martes o jueves. No ir a la escuela. Descansar. Yo decidí que los jueves serían días para mí. Como si los demás no lo fueran. Esa fue mi decisión. Metía sólo un laboratorio, que solían durar cincuenta minutos, a primera hora. Entraba a las 7:00am, salía a las 7:50am y tomaba el camión. Compraba café, me sentaba en alguna plaza y veía a la gente pasar. Todos los jueves a las 8:30am yo tomaba café sentada en una banca verde de la plaza del centro de la ciudad.
Así fue como conocí el centro vacío. Sin compradores compulsivos, ni familias numerosas amontonadas. Sólo pasos apresurados y caras preocupadas por su llegada tarde al trabajo. El ruido de las cortinas de aluminio cuando abren un negocio me parecía encantador. Y el aroma de perfumes baratos y caros, sin olvidar el olor a Suavitel impregnado en las telas de la gente que pasaba junto a mí.

annie